Cada vez que alguien intenta innovar —desde crear un producto nuevo o un proyecto empresarial hasta escribir un libro, hacer un podcast, redefinir una asignatura o simplemente perseguir una intuición— se activa una batalla silenciosa dentro de él. Por un lado, surge el impulso cálido y expansivo de Eros: la energía que nos invita a imaginar, a construir, a proyectar un mundo que aún no existe. Por el otro, aparece la voz grave y persistente de Thanatos: la parte que teme al cambio, que prefiere lo conocido, que quiere conservar aquello que ha sido, incluso cuando ya no sirve.
Freud nunca habló de emprendimiento, pero describió con sorprendente precisión este paisaje interior. Cada idea nueva despierta entusiasmo y vértigo. Cada paso adelante convoca un pequeño duelo. La innovación, vista desde esta lente, es una danza entre lo que quiere nacer y lo que no quiere morir. Y esa fricción íntima —esa respiración entre avance y retroceso— es el verdadero origen de los proyectos que transforman.
Décadas después, en otro escenario intelectual muy distinto, Schumpeter observó algo parecido, pero a escala social. Para él, la economía no avanza suavemente; avanza rompiendo. No progresa por acumulación, sino por irrupción. Llamó a este fenómeno destrucción creativa: un ciclo inevitable en el que lo nuevo desplaza a lo viejo, lo ágil sustituye a lo rígido, y la vida económica se renueva mediante el sacrificio de lo que ya no tiene razón de ser. Lo que Freud veía en el alma, Schumpeter lo veía en los mercados. Lo humano y lo económico, de pronto, parecían reflejarse.
Con los años, el mundo científico terminó dándole a este fenómeno la formalidad que le faltaba. En 2025, el Premio Nobel de Economía reconoció a Aghion, Howitt y Mokyr por demostrar, con modelos rigurosos, que la destrucción creativa no es solo una metáfora brillante, sino una ley profunda del progreso. Allí donde lo viejo se aferra a su supervivencia, el crecimiento se detiene. Allí donde la sociedad permite que lo nuevo aparezca —aunque duela—, la prosperidad florece. Schumpeter intuía el mecanismo; ellos lo midieron.
La ciencia económica busca explicar los fenómenos económicos. Se pregunta cómo es posible que millones de personas, con sus propios intereses, sin conocerse los unos a los otros, sean capaces de crear no el caos sino una sociedad ordenada. Como ciencia, reclama la evidencia empírica y, con base en este anhelo, surgen corrientes de pensamiento que se centran con mayor o menor intensidad en unas o otras variables. Los nobeles de 2025 siguen la línea de pensamiento neoshumpeteriana. La tradición neoschumpeteriana muestra que la innovación avanza cuando una sociedad acepta dejar atrás lo que ya no sirve, pero ese movimiento económico depende de un gesto profundamente humano: vencer el miedo a perder, desprenderse de lo familiar y tolerar la incertidumbre del cambio. La destrucción creativa no es solo un proceso estructural, sino también emocional. Allí donde las personas se atreven a soltar, el progreso encuentra su camino.
Y entonces aparece el emprendedor. No como héroe tecnológico, sino como personaje humano, situado en el cruce de estas fuerzas. Cada vez que una persona se sienta frente a una hoja en blanco —la del proyecto, la del canvas, la del futuro— revive este drama universal: la lucha entre la necesidad de avanzar y el impulso de permanecer igual. Innovar ya no parece solo una cuestión de herramientas, sino una travesía interior. Antes de transformar un mercado, uno debe transformarse a sí mismo.
En ese punto exacto, donde Freud se cruza con Schumpeter nace la verdadera razón de ser de las metodologías de emprendimiento e innovación como ToolBoard. No como un proceso rígido, sino como un mapa de navegación emocional y cognitiva. Una forma de ordenar el caos interno para que la creatividad pueda desplegarse. Una estructura que permite mirar a los ojos a nuestras resistencias sin que ellas nos detengan. Una especie de aliado silencioso que ayuda a decidir cuando Eros empuja, pero Thanatos nos susurra prudencia.
Porque antes de crear algo nuevo, hay que despedirse de versiones antiguas de uno mismo. Antes de innovar, hay que aceptar que el pasado no siempre puede acompañarnos al futuro. Y antes de emprender, hay que comprender que el cambio verdadero nunca ocurre fuera, sino dentro.
Quizá por eso el emprendimiento y la innovación son tan difíciles. No porque requiera grandes ideas, sino porque exige una extraña mezcla de ternura y firmeza; de cuidado y ruptura; de memoria y olvido. Innovar es sostenerse justo en ese filo en el que todavía no somos lo que queremos ser, pero ya no podemos seguir siendo lo que éramos.
Y quizá ahí reside la belleza: la innovación como un acto de humanidad radical. Crear con intención. Destruir con sentido. Avanzar con consciencia.
Todo emprendedor, todo equipo emprendedor vive esta historia. Y cada proyecto que nace —grande o pequeño— es la prueba de que, al menos por un instante, Eros logró vencer la resistencia de Thanatos, y alguien encontró la valentía de volver a empezar.

Figura: Sigmund Freud (1856–1939), Más allá del principio del placer (1920). Joseph A. Schumpeter (1883–1950), Capitalism, Socialism and Democracy (1942). Philippe Aghion (1956– ) y Peter W. Howitt (1946– ), Endogenous Growth Theory (1998). Joel Mokyr (1946– ), The Lever of Riches: Technological Creativity and Economic Progress (1990).


