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IA o humanos… ¿o IA y humanos?

Hay momentos en los que la conversación pública se acelera más rápido de lo que somos capaces de comprenderla. Desde noviembre de 2022, cuando ChatGPT irrumpió en la vida cotidiana, la inteligencia artificial dejó de ser un asunto técnico para convertirse en una cuestión casi existencial. Una frase escrita en lenguaje sencillo puede transformarse en código funcional, en un análisis jurídico o en una presentación empresarial en cuestión de segundos. Para algunos directivos, eso es eficiencia. Para muchos empleados, es vértigo.

En la economía de la atención —donde el impacto marea más que la cruda realidad—, esa sensación de vértigo se intensifica. Hace unas semanas, lo evidenció el texto que el emprendedor Matt Shumer publicó en X bajo el título “Algo grande está pasando”, que fue leído por millones de personas en pocos días, por su capacidad de verbalizar una intuición compartida. Más allá de la literalidad del escrito, lo relevante no era si la máquina “razona” como creemos. Lo que ese relato activó fue la percepción de que algo estructural estaba cambiando. Y cuando esa intuición colectiva se despierta, la pregunta ya no es si la tecnología avanza. La pregunta es cómo.

Pese a ello, si apartamos el foco del impacto inmediato y miramos los datos con serenidad, la historia se vuelve más matizada. Durante 2025 y lo que va de 2026, el empleo de cuello blanco en Estados Unidos y Europa ha seguido creciendo. Profesiones señaladas como primeras víctimas no solo no han estancado, sino que han aumentado. Los salarios en los sectores creativos y de gestión están al alza. A juzgar por los datos, la histórica prima salarial del trabajo creativo y de gestión no se está evaporando. Aunque eso no significa que no haya transformación.

La historia económica ya ha vivido escenas similares. En los primeros años de la informatización, también se anunciaron desplazamientos masivos. Se temía que los ordenadores asumieran progresivamente tareas mentales hasta hacer irrelevante al trabajador administrativo. Lo que ocurrió, una vez superado el efecto transitorio, fue diferente. Las máquinas automatizaron tareas rutinarias dentro de ocupaciones más amplias. La mecanografía desapareció como oficio independiente y los departamentos de contabilidad, antes abarrotados de personal con tareas mecánicas , dieron paso a departamentos de marketing y de experiencia de cliente. Y el trabajo profesional creció porque la reducción de costes permitió realizar actividades de mayor valor añadido. Hoy, la inteligencia artificial es más sofisticada que los sistemas iniciales. Pero sigue siendo, en términos estrictos, inteligencia especializada. Puede ser brillante en dominios concretos y fallar fuera de ellos. Incluso los modelos más avanzados no poseen inteligencia general. Y eso importa. Porque mientras no exista una inteligencia artificial general, toda aplicación de la IA seguirá implicando personas. No individuos aislados frente a máquinas, sino grupos humanos ampliados por ellas.

Aquí es donde la conversación cambia de horizonte. LLeva a una forma diferente de mirar el mundo. Una forma que invita a pensar menos en “personas o computadoras” y más en “personas y computadoras”. Pero va más allá: nos invita a aprender a ver lo que normalmente es invisible. A ver, supermentes.

De algún modo, ver supermentes es aprender a ver fantasmas. No fantasmas sobrenaturales, sino esas entidades invisibles de las que hablamos a diario como si tuvieran voluntad propia: “el mercado”, “el sistema”, «los de arriba». No son individuos, pero actúan, deciden e influyen. Esas son las supermentes: grupos de personas que, coordinadas mediante reglas, información y un propósito compartido, producen resultados que parecen inteligentes. Una empresa jerárquica lo es. Una democracia también. Un mercado en el que millones de decisiones individuales generan precios y asignan recursos.

Las supermentes son grupos de personas que, actuando coordinadamente, generan resultados que trascienden al individuo. Casi todo lo que la humanidad ha logrado —desde la invención de la escritura hasta los avances médicos contemporáneos— no fue obra de individuos aislados, sino de supermentes coordinadas a lo largo del tiempo y del espacio. Y ahora estamos empezando a introducir IA en ellas.

Esto es algo fascinante. Y la pregunta verdaderamente existencial no es si la IA sustituirá a individuos concretos. La pregunta es cómo las computadoras pueden hacer más inteligentes a las supermentes que actúan, piensan, coordinan, gobiernan y dan forma al mundo en sociedad. Toda entidad inteligente necesita percibir el entorno, recordar el pasado, generar alternativas, decidir y aprender. Cuando las computadoras se integran en esos procesos, pueden amplificarlos. No sustituyen el juicio humano, pero al mejorar la calidad de la información disponible, amplían el espacio de opciones consideradas y aceleran el aprendizaje colectivo.

Ya hay muchos proyectos en marcha. El Good Judgment Project mostró que combinar inteligencia distribuida podía superar a estructuras institucionales multimillonarias. Los mercados híbridos de personas y algoritmos resultaron más precisos que cualquiera de sus partes por separado. Iniciativas como el Human Diagnosis Project, Metaculus o el Climate CoLab demuestran que la hiperconectividad puede generar diagnósticos más acertados y soluciones innovadoras a problemas globales. Estos ejemplos no son anécdotas tecnológicas. Son señales de una arquitectura social en evolución.

Pero aquí surge una cuestión más profunda: ¿qué entendemos por progreso? Si la productividad aumenta gracias a la inteligencia aumentada, pero las rentas no se distribuyen mejor, ¿podemos hablar realmente de progreso? Si la eficiencia crece mientras la desigualdad se amplía, ¿estamos optimizando el sistema o tensionándolo?

El economista Thomas Piketty ha mostrado cómo, en ausencia de mecanismos correctores, el rendimiento del capital tiende a superar al crecimiento económico, ampliando las brechas de riqueza. Si la inteligencia artificial se integra principalmente como capital intangible altamente concentrado, existe el riesgo de reforzar esa dinámica. La historia económica no garantiza que el aumento de productividad se traduzca automáticamente en mejora de rentas para la mayoría. Por eso el debate sobre IA no puede reducirse a eficiencia técnica. Debe incluir una reflexión sobre cómo diseñamos las reglas del juego.

Exige asumir también que el trabajo que puede explicarse paso a paso será cada vez más automatizable. Pero el trabajo que integra juicio, contexto, emoción, creatividad, responsabilidad y vínculo —el que no se reduce a un manual operativo— seguirá siendo profundamente humano. La máquina devora procedimientos, pero le cuesta digerir propósito.

Y quizá no sea casual que, en el artículo anterior, recordáramos el mito de Ícaro. No por el vuelo en sí, sino por la advertencia sobre la desmesura. Como ya reflexionábamos en el post sobre la máquina moral, la tecnología amplía nuestras alas, pero no sustituye el criterio ni el juicio. Ícaro no cayó por volar. Cayó por ignorar los límites. En la era de la inteligencia aumentada, el riesgo no radica en la potencia de las máquinas, sino en nuestra posible fascinación acrítica por ellas.

Por eso la cuestión decisiva no es cuántos empleos cambiarán, sino qué tipo de sociedad queremos construir alrededor de esta capacidad.

¿Queremos una economía en la que la productividad aumente mientras el poder adquisitivo se estanca?
¿O queremos organizaciones que utilicen la inteligencia aumentada para generar valor compartido?
¿Queremos decisiones concentradas en pocos nodos tecnológicos?
¿O supermentes más distribuidas, donde la hiperconectividad permita combinar conocimiento experto, datos y participación?

La historia sugiere que las grandes revoluciones tecnológicas no se estabilizan por sí solas. Como recordábamos al analizar el Premio Nobel 2025 a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, la destrucción creativa es esencial para explicar la renovación del sistema económico y social. Requiere adaptación educativa, nuevas reglas fiscales, rediseño de incentivos, actualización institucional. Y conlleva crisis. La imprenta transformó la alfabetización. La electricidad transformó la industria. La digitalización transformó la comunicación. La inteligencia artificial transformará la arquitectura de la toma de decisiones. El desenlace no está escrito.

Podemos presagiar un escenario distópico en el que el trabajo pierde peso, la ansiedad aumenta y la tecnología se percibe como una amenaza. O podemos pensar en un escenario donde humanos y sistemas especializados formen supermentes más inteligentes, capaces de afrontar retos complejos —desde la salud hasta la sostenibilidad— con mayor rigor y menor desperdicio. La IA no tiene intención. La intención es nuestra. El progreso no se mide solo por la eficiencia.Se mide por la calidad de vida. Y por la felicidad de las personas.

Si esta década logra que trabajemos menos horas improductivas y más horas significativas, si permite a más personas emprender con apoyo cognitivo accesible, si mejora la educación personalizada, si fortalece la deliberación colectiva, entonces no hablaremos de sustitución, sino de ampliación.

Pero también debemos reconocer la inquietud que atraviesa esta transición. La película No Other Choice, dirigida por Park Chan-wook y actualmente en cartelera en España, resulta especialmente sugerente en este momento. El film no narra una rebelión de máquinas. Narra algo más perturbador: un ejecutivo brillante, altamente cualificado, expulsado por una reestructuración vinculada a automatización y eficiencia algorítmica. No es incompetente. Es redundante. El film también nos recuerda que en revoluciones anteriores los desplazados eran, en general, los menos cualificados. El mensaje implícito era tranquilizador: fórmate y estarás protegido. Hoy la presión se desplaza hacia la clase media cognitiva altamente preparada. No porque sean mediocres, sino porque la excelencia técnica se ha vuelto replicable. La amenaza no es la falta de talento. Es la abundancia de talento intercambiable. Y esa lógica empieza a sentirse en los sectores jurídicos, financieros, tecnológicos… y también en el académico.

En un próximo post, me gustaría reflexionar sobre el papel de la nueva universidad en la era de la IA. Porque, si la universidad sigue formando excelentes ejecutores técnicos en un mundo donde la ejecución técnica se automatiza, estará preparando generaciones para competir en un terreno saturado. El verdadero valor diferencial se desplazará hacia aquello que no se reduce a un procedimiento: criterio, síntesis interdisciplinar, liderazgo ético, capacidad de integrar personas y sistemas en arquitecturas más inteligentes.

En el reciente análisis sobre Davos 2026 hablábamos del tránsito desde un orden diseñado tras la Segunda Guerra Mundial hacia un nuevo desorden estructural. La inteligencia artificial no emerge en un vacío. Llega en un momento de tensiones geopolíticas, de reconfiguración de cadenas de valor y de cuestionamiento de las reglas multilaterales. Por eso, el debate sobre la IA no es aislado: forma parte de una redefinición más amplia del equilibrio entre capital, trabajo, poder y gobernanza.

En un año que arranca con turbulencias, el Mobile World Congress de Barcelona no habla solo de conectividad y dispositivos. Habla de la era agéntica que está llegando. La IA ya no se presenta como novedad llamativa, sino como infraestructura transversal integrada en decisiones críticas, en entornos industriales, urbanos, energéticos, de defensa y de gobernanza, donde la capacidad cognitiva colectiva, las supermentes, se amplía.

Y si todo esto es cierto —si la inteligencia artificial no es solo una herramienta, sino una capa cognitiva que amplifica supermentes— entonces la pregunta para los emprendedores es inevitable: ¿cómo integrar esa inteligencia aumentada desde el origen del proyecto?

Ahí surge el concepto de emprendimiento aumentado por IA. ToolBoard, en esta línea, no pretende competir con la IA, sino integrarla como parte de la supermente emprendedora. No apunta simplemente a una metodología asistida por tecnología, sino a una verdadera supermente híbrida: humanos y sistemas trabajando juntos en el diseño de proyectos disruptivos, donde la creatividad, el juicio y el propósito humano se potencian.

Porque si el nuevo paradigma no es IA o humanos, sino IA y humanos, entonces la creatividad del futuro tampoco será solo intuición ni solo algoritmo. Será un diseño consciente de la inteligencia colectiva desde el inicio.

El debate no es tecnológico. Es civilizatorio.

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