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Somos un equipo: una reflexión a propósito del Mundial de Fútbol de 2026

Después de la resaca de un Mundial siempre llegan las estadísticas, los análisis tácticos, los goles inolvidables y las frases que aspiran a convertirse en aforismos. Unos hablarán del talento; otros, del sacrificio; algunos se limitarán a repetir que el fútbol es así. Sin embargo, entre todas las palabras que he leído y escuchado estos días, hay una frase que me ha acompañado desde que terminó el campeonato. No la pronunció un comentarista ni tampoco un jugador. La dijo el entrenador de la selección española, Luis de la Fuente, antes de uno de los partidos más difíciles del torneo:

Francia tiene la mejor selección. Nosotros tenemos el mejor equipo.

Confieso que me pareció una afirmación extraordinaria, porque ser seleccionador consiste, en buena medida, en escoger a los mejores futbolistas disponibles, mientras que construir un equipo exige algo mucho más difícil: conseguir que personas con trayectorias diferentes, intereses diversos, egos inevitables y estilos propios sean capaces de perseguir un objetivo común sin dejar de ser ellas mismas. Y eso ya no pertenece únicamente al mundo del deporte. Eso pertenece al liderazgo.

Es una idea que abordamos cada curso en clase cuando trabajamos una de las competencias que considero más relevantes para cualquier emprendedor: saber crear equipos y saber trabajar en equipo. En ese momento suelo escribir en la pizarra una frase muy conocida, asociada al barón Pierre de Coubertin, impulsor de los Juegos Olímpicos modernos:

«Lo importante es participar».

Les pregunto qué opinan y el desacuerdo suele ser inmediato. La clase despierta.

—No, profesor. Lo importante es ganar —me responden casi unánimemente.

Y sonrío, porque creo que tienen razón, pero solo a medias. Entonces añado una pequeña coletilla:

«Lo importante es participar. Y el objetivo es ganar».

Curiosamente, la discusión cambia por completo. Participar habla de los valores con los que entramos en el juego; ganar habla de la ambición legítima con la que lo disputamos. Necesitamos ambas cosas: competir con todas nuestras fuerzas y aspirar a la victoria, pero sin olvidar que ningún éxito merece construirse destruyendo al adversario o perdiéndonos a nosotros mismos por el camino.

Cuando ya tengo la atención de los estudiantes, me gusta recordarles unos versos de If—, de Rudyard Kipling. Algún año incluso les he leído el poema entero y he podido observar cómo algunos estudiantes se emocionaban al escucharlo. Les explico que una parte de esos versos está inscrita a la entrada de la pista central de Wimbledon:

«Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso y tratar a esos dos impostores de la misma manera…».

Siempre me ha parecido una de las mejores definiciones de la deportividad. Ganar y perder forman parte del juego; lo que permanece es la dignidad con la que uno ha competido. La victoria no convierte automáticamente a nadie en una persona mejor, del mismo modo que una derrota no invalida el esfuerzo, el aprendizaje ni el valor de lo realizado.

Y aquí me vino a la memoria la reciente visita del Santo Padre a la prisión de Can Brians, uno de los actos que, para mí, tuvo una mayor fuerza simbólica. Al dirigirse a los internos dejó un mensaje de esperanza: «Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona».

España ganó el Mundial. Es un hecho deportivo, pero cuando pronunciamos la palabra «España» en este contexto hablamos también de una representación simbólica que personas diferentes pueden vivir e interpretar de maneras distintas. En el caso de la selección, esa realidad la simbolizan jugadores con acentos, historias, identidades y sensibilidades plurales. La destacada presencia de futbolistas catalanes y de jugadores formados en La Masia del FC Barcelona ha sido ampliamente comentada estos días y, lejos de alimentar ninguna competición territorial, refuerza el hilo conductor de este artículo: cuando un conjunto de personas comparte unos valores, una cultura del esfuerzo y un objetivo legítimo, deja de ser una suma de individuos para convertirse en un equipo capaz de representar una realidad mucho más amplia que cada uno de sus miembros.

Quizá aquí haya una enseñanza que también podamos trasladar, con toda la prudencia necesaria, a la convivencia colectiva. Un país no es un equipo de fútbol y gobernar una sociedad es infinitamente más complejo que preparar un campeonato. Pero ambos ámbitos comparten una pregunta que merece la pena formular: ¿cómo podemos conseguir que personas diferentes reconozcan algo en común sin tener que renunciar a aquello que las hace diferentes?

Esta reflexión me llevó a Sudáfrica. Quizá porque estos días hemos recordado muchas veces que allí, en 2010, España conquistó su primera Copa del Mundo. Sin embargo, la historia que me vino a la cabeza había sucedido quince años antes, en 1995, y tenía como protagonista un balón ovalado. La película Invictus recrea magistralmente aquel episodio y presenta a Nelson Mandela como una especie de entrenador moral de toda una nación.

Mandela llegó a la presidencia de un país profundamente herido por décadas de apartheid. Sabía que, para sanar, no bastaba con vencer políticamente ni con sustituir a quienes habían ejercido el poder. Comprendió el valor del perdón, pero también que perdonar no significaba olvidar; por eso impulsó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Al mismo tiempo, entendió que ninguna sociedad puede avanzar durante mucho tiempo si no es capaz de imaginar un horizonte compartido.

Construir aquel proyecto común no significaba borrar las diferencias, imponer una identidad única ni pedir a nadie que olvidara su historia. Significaba encontrar una manera de dar cabida a esas diferencias dentro de un «nosotros» más amplio. Quizá uno de los símbolos más hermosos de ese propósito sea el himno sudafricano, una composición que integra tradiciones diversas y que se canta en cinco lenguas. Ninguna de ellas ocupa por sí sola todo el espacio; todas contribuyen a construir una voz común.

Siempre me ha parecido una metáfora extraordinaria de lo que significa liderar. Liderar es unir, pero unir no consiste en uniformizar. Consiste en vertebrar: conseguir que las diferencias no desaparezcan, sino que encuentren una razón para caminar juntas.

Estos días también he leído algunas alusiones a Ortega y Gasset y a su conocida idea de la España invertebrada. Ortega describía un país con dificultades para reconocerse en un proyecto compartido, en el que los distintos grupos tendían a caminar en direcciones separadas. Sin entrar en interpretaciones políticas ni trasladar mecánicamente un diagnóstico de hace un siglo al presente, quizá aquella imagen todavía pueda invitarnos a reflexionar sobre la necesidad de liderazgos capaces de integrar sin imponer, escuchar sin renunciar a decidir y construir vínculos sin exigir uniformidad.

Y entonces vuelvo a pensar en Luis de la Fuente y en la selección española. En alguien que consiguió que estrellas de constelaciones diferentes dejaran de preguntarse quién debía brillar más para empezar a preguntarse cómo podían hacer brillar a quienes tenían al lado.

Y creo que esa es la diferencia entre reunir talento y construir un equipo. Y quizá sea también una lección para cualquier persona que alguna vez haya tenido que liderar a otras: profesores, emprendedores, directivos, responsables públicos y gobernantes.

Las grandes victorias nunca empiezan el día de la final. Comienzan mucho antes: el día en que un grupo de personas descubre que el «nosotros» no exige renunciar al «yo», pero sí aprender a ponerlo al servicio de algo que merece la pena compartir.

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