ToolboardCanvas

En este momento estás viendo Pigmalión, el Círculo Polar Ártico, IA y confianza emprendedora
bodo_congreso_3e_emprendimiento

Pigmalión, el Círculo Polar Ártico, IA y confianza emprendedora

Escribo desde Bodø, Noruega, justo por encima del Círculo Polar Ártico. Aquí, en esta época del año, la noche casi desaparece. La luz permanece. Se alarga sobre el mar, sobre las montañas, sobre las calles silenciosas de una ciudad que parece suspendida entre el hielo y el futuro.

Llegué cerca de las once de la noche y el sol todavía brillaba. Me costó dormirme. No sé si por la luz imposible del norte o por la emoción de presentar al día siguiente una investigación que une varias de las preguntas que me acompañan desde hace años: cómo aprendemos, cómo emprendemos y cómo empezamos a creer en aquello que todavía no existe.

Quizá no haya mejor lugar que Bodø para hacerse una vieja pregunta humana: ¿qué hace que una persona empiece a ver vida donde otros solo ven piedra?

Esa pregunta está en el corazón del emprendimiento. Y también en el corazón del mito de Pigmalión. Y de la IA y la confianza emprendedora.

Pigmalión era un escultor. Según el relato clásico, modeló una estatua tan perfecta que acabó enamorándose de ella. No veía en la piedra una simple forma inmóvil. Veía una posibilidad. La trató como si ya contuviera vida. Y esa expectativa, sostenida con deseo y convicción, acabó transformando la materia: Galatea despertó.

El mito nos habla de algo inquietante y poderoso: las expectativas pueden crear realidades.

No por magia, sino porque cambian nuestra forma de mirar, de actuar y de acompañar. Y quizá todo empieza por ahí: por las expectativas que alguien proyecta sobre nosotros ( también por las que somos capaces de sostener sobre nosotros mismos). Antes de que una idea cobre vida en la mente del emprendedor, alguien debe mirarla como si ya pudiera vivir.

La psicología educativa formuló esta intuición como efecto Pigmalión. Las expectativas positivas de un docente pueden influir en la evolución del estudiante. No porque el deseo baste para transformar el mundo, sino porque la expectativa modifica la relación: el profesor ofrece más atención, más exigencia, más confianza, más oportunidades. Y el estudiante, poco a poco, empieza a verse a sí mismo de otra manera. Algo parecido ocurre con un entrenador, un familiar, un mentor o con tantas figuras que, a lo largo de la vida, nos ayudan a reconocer capacidades que aún no habíamos visto.

Pero ahora aparece una pregunta nueva, quizá incluso inquietante:

¿Puede una inteligencia artificial participar en ese proceso?

Durante estos primeros años hemos pensado la IA, sobre todo, como una herramienta de productividad. Sirve para escribir más rápido, generar ideas, resumir textos, preparar materiales o automatizar tareas. Pero esa mirada es limitada. Quizá la IA no solo acelera procesos. Quizá, cuando está bien diseñada, también puede modificar la percepción que una persona tiene de su propia capacidad. ¿IA y confianza emprendedora?

Esa es la pregunta que he traído a la 3E Conference 2026, en Bodø, un encuentro europeo de referencia científica en educación emprendedora. No es un congreso convencional. Su formato unplugged evita el espectáculo de las presentaciones y devuelve el protagonismo a la conversación académica: papers leídos previamente, mesas redondas, debate crítico y una comunidad internacional reunida para pensar cómo formar agentes de cambio.

Y esto importa. Porque en un congreso científico no basta con tener intuiciones sugerentes, epifanías brillantes o discursos inspiradores. La ciencia reclama datos, método y rigor. En tiempos de ruido, opiniones aceleradas y diagnósticos improvisados, quizá uno de los mayores valores de estos espacios sea precisamente ese: pensar juntos, pero pensar con fundamento.

Mi contribución lleva por título The AI-Mediated Pygmalion Effect in Entrepreneurship Education. En el fondo, plantea una hipótesis sencilla y radical: la IA generativa, integrada en una arquitectura pedagógica adecuada, puede actuar como mediadora de confianza.

No hablo de una IA que sustituye al profesor. Tampoco de una IA que decide por el estudiante. Hablo de algo más sutil: una presencia constante, disponible y adaptativa que devuelve feedback, plantea preguntas, sugiere alternativas y ayuda al estudiante a sostener el esfuerzo en medio de la incertidumbre. Hablo de IA y confianza emprendedora.

Porque emprender no empieza con una solución. Empieza con una duda.

En mis clases de emprendimiento, esa duda se hace muy visible. Muchos estudiantes llegan acostumbrados a problemas definidos, respuestas verificables y caminos relativamente estables. Pero el emprendimiento les obliga a entrar en otro territorio: usuarios ambiguos, mercados inciertos, tecnologías no siempre disponibles, problemas mal definidos, hipótesis frágiles y decisiones incompletas.

Ahí aparece el riesgo: el estudiante puede sentirse perdido. Puede pensar que no sirve para emprender. Puede abandonar antes de que su idea haya tenido tiempo de madurar.

Y ahí aparece también la oportunidad.

ToolBoard nació precisamente para acompañar ese tránsito. No como una simple colección de plantillas, sino como una metodología que entiende el emprendimiento como un proceso de diseño. El estudiante avanza mediante representaciones intermedias: mapas, lienzos, hipótesis, modelos de negocio, rutas financieras y narrativas que van dando forma al proyecto.

Esta visión está desarrollada en mi libro El viaje del emprendedor, una obra que presenta el emprendimiento precisamente como eso: un viaje de transformación. No solo la transformación de una idea en proyecto, sino también la transformación de quien aprende a mirar la realidad con ojos emprendedores. Porque antes de crear una empresa, el emprendedor debe aprender a construir sentido en medio de la incertidumbre.

Con ToolBoard GPT, ese viaje se amplifica mediante IA. Pero la estructura es fundamental. No se trata de pedirle a la máquina que haga el trabajo, sino de construir un ciclo donde la agencia humana permanezca en el centro.

Primero, el humano inicia: el estudiante define el reto, observa el contexto y formula una primera interpretación. Después, la IA interactúa: ToolBoard GPT ofrece feedback, cuestiona supuestos, sugiere alternativas y abre nuevas posibilidades. Finalmente, el humano decide: el estudiante inspecciona, filtra y elige qué incorpora a sus propias representaciones.

Este ciclo Humano–IA–Humano es decisivo. La IA no reemplaza la mirada del estudiante; la devuelve aumentada. No elimina la incertidumbre; la hace habitable. No produce automáticamente al emprendedor; le ayuda a reconocerse como alguien capaz de avanzar.

Y aquí vuelve Pigmalión.

La IA puede convertirse en un nuevo espejo. Pero no un espejo que adula, ni una voz que dice siempre “muy bien”. Un buen espejo pedagógico no deforma la realidad: la enfoca. Devuelve al estudiante una imagen más exigente, más clara y más posible de sí mismo.

Le dice que su idea todavía es débil, pero puede mejorar. Le recuerda que su hipótesis necesita evidencia, pero que va en una dirección prometedora. Le muestra que quizá todavía no tiene una empresa, pero ya está aprendiendo a pensar como alguien que puede construir una.

En nuestro estudio con 101 estudiantes, comparamos un grupo que utilizó ToolBoard de forma tradicional con otro que trabajó con ToolBoard GPT. El resultado fue significativo: el grupo con IA tuvo una ganancia de autoeficacia emprendedora un 75% superior a la del grupo de control.

Ese dato importa. Pero importa todavía más lo que revela.

La IA, bien integrada, no solo ayuda a producir mejores entregables. Puede ayudar a producir mejores expectativas. Y las expectativas son una fuerza educativa de primer orden. No porque garanticen el éxito, sino porque permiten que una persona se atreva a actuar antes de tener todas las certezas.

En emprendimiento, esto es crucial. Muchas ideas no mueren por falta de potencial. Mueren porque nadie creyó lo suficiente en ellas. O porque quien las imaginó no encontró a tiempo una estructura, una conversación o una mirada que le ayudara a seguir.

Me voy de Bodø repleto de ideas. O quizá debería decirlo mejor: me voy lleno de insights, de conocimientos reveladores que todavía no son ideas acabadas, pero que estoy seguro de que las generarán.

No hay nada como compartir conocimiento para que la mente avance. El oficio de profesor tiene algo profundamente hermoso: es un acto de solidaridad entre generaciones. Normalmente ocurre en el aula, cuando unos transmiten a los más jóvenes lo aprendido para que luego los formandos puedan mejorar el mundo.

En Bodø, esa solidaridad ha ocurrido entre profesores. Entre colegas que investigan, enseñan, dudan, comparten, escuchan y se exponen al juicio generoso de otros. También ahí opera una forma de Pigmalión: cuando alguien escucha tu trabajo con atención, te devuelve una pregunta exigente o te señala una posibilidad que no habías visto, está creando expectativas. Y esas expectativas, si son fecundas, pueden acabar creando realidades.

Bodø, con su luz imposible, me recuerda que educar es sostener una forma de luz. No una luz ingenua, que niega la dificultad, sino una luz que permite ver un poco más allá cuando el camino todavía no está trazado.

Quizá por eso el futuro de la IA en educación no debería medirse solo en eficiencia. La gran pregunta no es cuántas tareas automatiza, sino qué tipo de confianza ayuda a construir.

Pigmalión creyó ver vida en la piedra. Nuestra tarea, ahora que la IA entra en el aula, es diseñar tecnologías que ayuden a los estudiantes a ver vida en sus propias ideas.

Deja una respuesta

Descarga gratis el E-Book

Diccionario Terminológico de Emprendimiento e Innovación

Toolboard-book

Si no eres usuario registrado se te invitará a darte de alta gratuitamente y a continuación obtendrás un enlace para la descarga.

Saltar este paso para no volver a ver esta opción