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Davos 2026: del orden diseñado al nuevo desorden mundial

“La vida debe vivirse mirando hacia adelante, pero solo puede entenderse mirando hacia atrás”, escribió Søren Kierkegaard, el filósofo existencial danés.

Durante décadas se ha hablado de  “el nuevo orden mundial”. Hoy, a propósito de Davos 2026, los documentos, debates e intervenciones del Foro conducen a reconocer un nuevo paradigma que puede leerse como una secesión: no asistimos a una transición suave, sino al desgaste de una arquitectura construida tras la Segunda Guerra Mundial y sometida hoy a tensiones estructurales profundas.  Y no deja de ser sugerente que, en el momento en que se habla de la ruptura de ese orden, la Dinamarca de Kierkegaard aparezca en el centro de la escena geopolítica de la mano de Groenlandia. Como si la historia nos recordara que, cuando el futuro se vuelve incierto, solo el pasado ofrece las claves para comprender el presente: el nuevo desorden mundial.

Del orden diseñado al orden heredado

El orden mundial que emergió al finalizar la Segunda Guerra Mundial no fue un accidente histórico. Fue una obra gigantesca de ingeniería política. Detrás de Bretton Woods, del FMI, del Banco Mundial, del GATT, de las Naciones Unidas o de las primeras instituciones europeas no hubo improvisación, sino una generación muy concreta de economistas y políticos del primer orden.John Maynard Keynes aportó la arquitectura intelectual de la estabilidad macroeconómica; Harry Dexter White diseñó un sistema monetario con Estados Unidos en el centro; Cordell Hull impulsó el comercio regulado como instrumento de paz; Jean Monnet aplicó el método de integración institucional a Europa; y Franklin D. Roosevelt proporcionó la visión política de una hegemonía ejercida mediante reglas.

Todos ellos compartían una convicción profunda: que la paz no se garantiza con equilibrios espontáneos, sino con instituciones deliberadamente diseñadas y eficaces. De este diseño, Estados Unidos emergió como potencia hegemónica no solo por su fuerza militar, sino también por su capacidad para construir una arquitectura destinada a evitar el caos del periodo de entreguerras.

Durante la Guerra Fría, ese orden se consolidó. Frente a la Unión Soviética, Estados Unidos asumió un papel que iba más allá del albañil institucional: se convirtió en garante del sistema occidental y de los valores del libre mercado y la democracia. El dólar pasó a ser el eje del sistema financiero internacional, la seguridad europea se ancló en la OTAN y el comercio se estructuró bajo reglas impulsadas desde Washington. El orden no era neutral, pero sí predecible.

Con la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS, el sistema entró en una segunda fase. El mundo quedó, por primera vez, prácticamente unipolar. En los años noventa se extendió la idea de que el multilateralismo, el libre comercio y la democracia liberal no solo eran dominantes, sino inevitables. El GATT dio paso a la Organización Mundial del Comercio y se aceleró la segunda gran ola de globalización. Las cadenas de valor se fragmentaron, la producción se deslocalizó y emergieron modelos altamente especializados.

China fue incorporada al sistema como nuevo actor económico, mientras buena parte de las economías occidentales iniciaba un proceso silencioso de desindustrialización. En España, la industria manufacturera perdió peso de forma sostenida. Sectores enteros desaparecieron y regiones como Cataluña vivieron el declive de actividades —como el textil— que durante décadas habían sido el núcleo de su enorme tejido productivo. En su lugar, emergió una economía más orientada a los servicios, al turismo, y concentrada en actividades industriales de alto valor añadido.

Durante años, pese a crisis periódicas, el sistema funcionó. La economía estadounidense se organizó en torno a un principio simple: el consumo interno como motor del crecimiento. Para sostenerlo, aceptó déficits exteriores persistentes, financiados gracias a un privilegio históricamente sin precedentes: el dólar como moneda de reserva global. Mientras el mundo demande dólares y compre deuda del Tesoro, Estados Unidos puede sostener déficits elevados sin afrontar límites inmediatos e imprimir tanta moneda como sea necesaria.

Pero este modelo tiene una condición crítica: la confianza de los acreedores internacionales. Una parte sustancial de la deuda pública estadounidense está en manos extranjeras, especialmente de inversores europeos y asiáticos. Europa y China no son solo socios o rivales de Estados Unidos: son también pilares silenciosos del sistema heredado.

Cuando en los mercados aparece el grito de “Sell America”, cuando suben los rendimientos de los bonos y el dólar se debilita, no estamos ante episodios anecdóticos. Lo que aflora es una realidad estructural bien conocida en macroeconomía: Estados Unidos financia su modelo económico gracias al ahorro del resto del mundo. No es una crisis inmediata, sino una vulnerabilidad latente que se sostiene porque a todos les interesa. A Estados Unidos, porque un dólar fuerte permite crecer aceleradamente, aunque a costa de endeudarse; a sus acreedores, potencias medias, porque les permite preservar el valor de sus ahorros; y a los grandes exportadores porque les permite vender barato. Todos saben que el equilibrio es frágil. Pero a ninguno le interesa, por ahora, abrir la caja de Pandora.

En este contexto, Trump no es tanto la causa como el síntoma. No inaugura la ruptura: la hace visible. La tensión que expresa nace del éxito mismo del sistema, que ha permitido el ascenso de nuevas potencias; del desequilibrio financiero de la hegemonía tras años de estabilidad y ahorro; del cambio tecnológico que ha trasladado la competencia a los semiconductores, los datos y la inteligencia artificial; y del desgaste político interno. Ninguna hegemonía puede sostener un orden externo sin cohesión social interna, como lo evidencian las imágenes recientes de Minneapolis o el asalto al Capitolio de hace años.

Desde esta perspectiva, muchas decisiones de la última década no responden a caprichos ideológicos, sino a reacciones sistémicas de una potencia que percibe que su supremacía ya no es incuestionable y que, con nostalgia de un orden pasado, reclama un reajuste que se presta a interpretar como “el nuevo desorden mundial”.

DAVOS 2026: Del orden heredado al nuevo desorden mundial

Davos 2026 no marca el inicio del nuevo (des)orden, pero sí su reconocimiento implícito. Y  ese reconocimiento quedó plasmado en una frase que recorrió muchos de los debates del Foro. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, lo expresó con una claridad poco habitual: “El mundo está en medio de una ruptura, no de una transición.”

No era una metáfora. Era un diagnóstico histórico. No habla de un nuevo ciclo económico ni de una nueva crisis coyuntural, sino del agotamiento de los supuestos sobre los que se construyó el orden occidental vigente. Las reglas siguen existiendo, pero ya no estructuran el comportamiento de los grandes actores. El multilateralismo sobrevive, pero ha perdido capacidad de imposición. La globalización continúa, pero se va volviendo selectiva, defensiva y fragmentada. De los acontecimientos de Davos 2026 se percibe con claridad que el problema ya no es cómo gestionar un orden imperfecto, sino cómo convivir con un desorden estructural que no es transitorio. Y este conflicto  no es solo político. Es el choque entre una hegemonía endeudada que parece querer dimitir, Estados Unidos; un acreedor estable que se emancipa, la UE y las llamadas potencias medias, y un acumulador estratégico que avanza con sigilo y determinación, China y otros países emergentes.

En este escenario de ruptura, la posición de la Unión Europea es singular. Europa no es una potencia hegemónica. Tampoco es un actor marginal. Es algo más complejo: un espacio político que ha hecho de la gobernanza su principal activo estratégico. Mientras otras potencias responden al desorden con fuerza, coerción o repliegue, Europa intenta responder con algo menos visible, pero más escaso: reglas, instituciones y capacidad de coordinación.

Europa no controla el poder global duro. Pero controla algo cada vez más valioso: la capacidad de producir normas en un mundo donde estas se debilitan. En comercio, protección de datos, regulación de plataformas, sostenibilidad o inteligencia artificial, Europa y otras potencias medias  siguen siendo actores capaces de convertir principios en marcos operativos. En el post anterior analizábamos el acuerdo UE-Mercosur con el título de “cooperación en tiempos de crispación”. En este podríamos hablar de la firma del acuerdo UE-India. Y de las negociaciones abiertas con Australia, Malasia, Filipinas, ASEAN y UAE entre otros. Esto define una línea previsible, que es lo que la empresa y el inversor buscan. Y esto es Europa. En un mundo de hegemonías en competencia, Europa no compite por dominar —ya aprendió la lección—  sino por estabilizar. No ofrece fuerza, ofrece acuerdos. No promete victorias, promete reglas.

Davos 2026 no anuncia el colapso del sistema internacional. Anuncia el fin de una ilusión: la de que el orden podía sostenerse sin ser rediseñado.

Para los jóvenes emprendedores europeos, este es quizás el mensaje más importante. Innovar  no consiste solo en dominar una tecnología o encontrar un mercado. Consiste en comprender el mundo en el que esa tecnología y ese mercado existirán. Y donde Europa —quizá por primera vez en décadas— puede ofrecer algo decisivo al joven talento: estabilidad institucional en medio del desorden.

Comprender este mundo no garantiza el éxito. Pero ignorarlo vaticina el fracaso.

ACERCA DE INSPIRA

INSPIRA es el blog de TOOLBOARD. Un espacio abierto para emprendedores, intraemprendedores, innovadores y personas comprometidas con el progreso económico y social. Nace del libro “El viaje del emprendedory explora temas como el emprendimiento, la economía, la creatividad, la innovación, el design thinking, la gobernanza, las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial desde una mirada rigurosa y humana. Porque emprender no es solo crear empresas, sino crear valor económico y social para construir una sociedad mejor.

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