La próxima semana, el jueves 23 de abril, celebramos Sant Jordi. Y este año, para mí, tiene algo especial: estaré firmando como autor en el estand de Dykinson en Barcelona. Y sí… hace ilusión.
Por eso me he propuesto algo que creo que puede resultar útil: compartir algunos argumentos por los que puede tener sentido regalar El viaje del emprendedor a alguien a quien aprecias. Y, de paso, recomendaré algunos otros libros… no sea que parezca que solo hablo de lo mío.
Eso sí, aviso: no pretendo sentar cátedra. Yo voy bastante perdido, la verdad, y tropiezo a menudo. Quizá por eso me gusta tanto la docencia. Porque cuando me pongo el sombrero de docente, lo que intento es compartir lo que voy aprendiendo a lo largo del camino. Y compartir conocimiento con quienes están empezando es, al menos como yo lo veo, uno de los mayores actos de solidaridad intergeneracional que se me ocurren.(Mientras escribo esto, me viene a la cabeza “Are You Lost in the World Like Me?” de Moby… y pienso que, en el fondo, la pregunta sigue bastante vigente).
En fin… que voy a hablar de tres libros. Tres obras complementarias: una para entender el nuevo mundo que se abre paso; otra para sentir el mundo en el que siempre hemos vivido; y una tercera —la mía— para pasar a la acción con sentido. (Ahí me permitiré detenerme un poco más, que para eso es este post).
Sant Jordi es un día especial. Por lo que se respira: libros, rosas, conversaciones… una cierta idea compartida de que regalar afecto y cultura tiene sentido. Y es que en Sant Jordi se cruzan dos tradiciones —la de la rosa y la del libro— que merecen la pena recorrer antes de ir al grano.
La de la rosa es la más antigua. Se remonta a la Edad Media, cuando en Barcelona ya se celebraba una feria de rosas vinculada a la festividad de Sant Jordi. Una tradición que se entrelaza con la leyenda del caballero que vence al dragón para salvar a la princesa y que, al caer la bestia, ve brotar de su sangre una rosa roja. Con el tiempo, ese gesto simbólico —ofrecer una rosa— se convirtió en una expresión de afecto que ha perdurado hasta hoy.
La del libro es más reciente. Se remonta a 1926, cuando el editor valenciano afincado en Barcelona, Vicent Clavel Andrés, propuso dedicar un día al libro para fomentar la lectura. Con el tiempo, esa iniciativa acabó fijándose en el 23 de abril, una fecha que encaja de forma natural: la asociamos a la muerte de dos gigantes de la literatura universal, Cervantes y Shakespeare. Años más tarde, en 1995, la UNESCO adoptó esta fecha como Día Internacional del Libro, convirtiendo así una tradición local en una celebración global.
Y así, por la fuerza de la tradición, rosas y libros volverán a llenar las calles, dando lugar a escenas repletas de gestos, miradas e intenciones. De forma cíclica. Natural. Como el invierno que da paso a la primavera, Sant Jordi regresa cada año como un ritual compartido que nos recuerda que el amor y la cultura nos hacen profundamente humanos.
Ahora sí, voy al grano con lo de los libros.
El primero, a mí, me ha servido para entender el mundo en el que estamos entrando: Co-Intelligence, de Ethan Mollick. Es una de esas lecturas que ayudan a ir más allá del ruido que rodea a la inteligencia artificial. No es uno de esos panfletos quijotescos que tanto abundan en tiempos de cambio. No plantea la IA como una amenaza ni como una solución mágica, sino como algo más interesante: una nueva forma de pensar en colaboración (¿recuerdas el post de hace unas semanas en que hablábamos de supermentes?) Yo pienso que leer este libro es, en cierto modo, empezar a situarse.
El segundo libro es bien distinto. Sirve para recordar lo esencial: Hamnet, de Maggie O’Farrell. Es una novela que no se lee deprisa. Es una historia sobre la pérdida y el amor, sobre el paso del tiempo y sobre cómo, a veces, de aquello que duele emerge algo que permanece. Es un recordatorio de que, incluso en un mundo cada vez más tecnológico, seguimos siendo un cúmulo de sentimientos.
Y ese libro acaba —puedo decirlo sin ánimo de spoiler— con uno de los versos más conmovedores de la literatura universal:
“Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el espíritu sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna,
o tomar las armas contra un mar de adversidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas…”
Emocionante, ¿no te parece?
Y el tercer libro, que cierra el círculo, es el mío: El viaje del emprendedor. No tan poético, cierto. Aunque, con las 17 historias que cierran cada capítulo, he intentado aportar ese punto más lírico que a veces la prosa del ensayo no permite abrazar.
Porque después de entender el mundo… y de sentirlo… aparece una pregunta inevitable: ¿qué hago yo con todo esto? Y ahí es donde entra “mi libro”. Como una invitación a pasar de la idea a la acción. A afrontar el caos. A diseñar proyectos con sentido en un entorno incierto. Un libro pensado no solo para inspirar, sino también para usarse.
Por eso, quizá, puede ser un buen regalo. No para todo el mundo, ya lo sé… y precisamente ahí está el reto. Y se me ocurren algunos perfiles que le pueden sacar buen provecho:
Para un joven que empieza a hacerse preguntas, puede ser una forma de estructurar aquello que todavía no tiene forma. No le dirá qué camino tomar. No le venderá respuestas fáciles. No le calentará la cabeza con frases hechas. Pero sí le ayudará a plantear preguntas, a pensar mejor y a entender el valor de las ideas y del trabajo bien hecho.
Para alguien con ideas —un innovador, un profesional inconformista— puede ser el empujón que falta para convertir intuiciones en algo tangible. Porque tener ideas no es lo difícil; lo difícil es darles forma real.
Para quien gestiona organizaciones —ya sea en la empresa o en la administración pública— y percibe que el mundo cambia más rápido que sus propias estructuras, puede ser una herramienta para recuperar perspectiva. Porque hoy no basta con optimizar lo que ya existe: hace falta repensarlo. Este libro ofrece un marco para cuestionar inercias, rediseñar modelos y explorar nuevas oportunidades sin perder el foco.
Para un maestro —o cualquier docente que siente la responsabilidad de ayudar a sus alumnos a ser mejores— puede ser una forma de ir más allá del contenido. Porque enseñar hoy es ayudar a pensar, a estructurar ideas, a formular preguntas y a enfrentarse a la incertidumbre. El libro no sustituye esa tarea, pero sí puede acompañarla.
Y para un emprendedor social —alguien que no se resigna al statu quo y quiere transformar la realidad— puede ser una manera de convertir la intención en impacto. Porque no basta con señalar lo que no funciona: hace falta construir alternativas. Y eso también se puede diseñar.
Al final, Sant Jordi va de eso. De elegir bien qué regalamos, porque en ese gesto hay algo más que un objeto. Hay intención. Y la intención predice la acción.
Y hay libros que se leen. Y hay libros que acompañan. Quizá este, para algunos, pueda ser uno de esos.


