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La mujer domesticó el trigo. Y el trigo domesticó a la tribu.

Cada año, el 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer. Es una fecha reconocida en todo el mundo para recordar la lucha histórica por la igualdad de derechos, la plena participación en la sociedad y el reconocimiento del talento femenino en todos los ámbitos. Así es desde que, en 1975, las Naciones Unidas institucionalizaron oficialmente la fecha, consolidándola como un día de reflexión global sobre el papel de la mujer en la sociedad.

Este año la organización ha articulado la conmemoración bajo un lema especialmente claro y directo: “Derechos. Justicia. Acción. Para todas las mujeres y niñas.” La idea que lo acompaña es sencilla pero poderosa: cuando las sociedades invierten en las mujeres, amplían sus oportunidades y reconocen su talento, no solo ganan ellas. Gana toda la sociedad.

Y, a propósito de esto, en este nuevo post he querido llevar la reflexión en esta dirección; aunque algo más lejos. De hecho, muchísimo más lejos. Quizás, en el sentido de una de las historias más fascinantes sobre el papel de las mujeres en el progreso humano.

Esta historia nos lleva hasta el Neolítico: el periodo que marca el comienzo de la domesticación de plantas y animales.

Hace unos diez mil años la humanidad todavía vivía como cazadora-recolectora. Durante casi toda su existencia había sido así. El Homo sapiens, que apareció hace unos 300.000 años, había pasado decenas de miles de años recorriendo la Tierra en pequeños grupos nómadas. La supervivencia dependía de la caza, la recolección y la capacidad de adaptarse a un entorno siempre cambiante.

Aquellas comunidades eran pequeñas, formadas por unas pocas decenas de personas que compartían parentesco y vida cotidiana. Cooperaban entre sí, por supuesto, pero su cooperación tenía un límite natural: el tamaño del grupo. Más allá de ese círculo inmediato, apenas existían la confianza, el intercambio o la colaboración. La humanidad era inteligente, pero estaba fragmentada.

En ese contexto, la innovación existía, pero avanzaba lentamente. Durante decenas de miles de años, las herramientas cambiaron muy poco. El conocimiento se transmitía de generación en generación, pero apenas se acumulaba. Las comunidades eran pequeñas, los contactos entre grupos eran escasos y la vida nómada impedía construir estructuras en las que el saber pudiera crecer de manera continua. Y sin embargo, en algún momento ocurrió algo extraordinario.

Recientes investigaciones, como las de antropólogas como Frances Dahlberg o Elizabeth Fisher, han planteado una hipótesis tan simple como sugerente: han teorizado que el origen de la agricultura pudo estar en la experiencia acumulada de las mujeres del neolítico.

Según esta teoría, en aquellas tribus nómadas no todos participaban en las expediciones de caza o de recolección lejanas. Ese papel correspondía a los hombres y a las mujeres más jóvenes, que se internaban en el territorio en busca de presas o de nuevos alimentos. Mientras tanto, en el campamento permanecían las madres que cuidaban a los niños y de la vida cotidiana del grupo. Esas mujeres pasaban largas horas cerca de las cuevas o de los refugios donde descansaba la comunidad. Y ese tiempo aparentemente quieto era, en realidad, un tiempo de observación. Observaban el clima. Observaban los animales que se acercaban al campamento. Observaban los frutos que maduraban en cada estación. Y observaban también los senderos por los que regresaban los expedicionarios cargados de plantas, semillas y espigas. Y fue observando esos caminos recorridos una y otra vez por el paso de los grupos humanos, donde comenzó a aparecer algo curioso.

Empezaron a darse cuenta de que, en los lugares donde caían semillas transportadas por los expedicionarios, comenzaban a crecer nuevas plantas. Allí donde antes solo había tierra removida, meses después brotaban cereales silvestres y otras especies comestibles, como si la naturaleza estuviera sembrando discretamente un pequeño huerto. Y la naturaleza repetía una secuencia silenciosa y persistente. Una semilla desaparecía bajo la tierra. Y, tiempo después, una planta emergía de nuevo.

En algún momento una mujer se detuvo ante ese pequeño milagro cotidiano y se hizo una pregunta que cambiaría para siempre el curso de la historia humana: ¿Y si, en lugar de esperar a que crezcan los frutos… los plantamos nosotras?

Si esta hipótesis es correcta —y muchos investigadores así lo sostienen—, el origen de la sociedad del intercambio, nuestra actual sociedad, no fue una gran revolución planificada ni el resultado de una expedición heroica de cazadores ancestrales. Fue el fruto de una intuición sencilla. De una observación paciente. Femenina.

Domesticar el trigo significó mucho más que aprender a cultivar una planta. Supuso un cambio radical en la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Con la agricultura llegaron los asentamientos permanentes, el excedente alimentario, el intercambio y la especialización del trabajo. Y con ellos apareció algo que hasta entonces apenas había existido en la historia humana: la cooperación a gran escala.

Por primera vez, comunidades enteras podían coordinarse en torno a tareas diferentes pero complementarias. Unos cultivaban, otros almacenaban, otros intercambiaban productos, otros desarrollaban herramientas y objetos. La agricultura no solo permitió alimentar a más personas. También hizo que los seres humanos empezaran a depender unos de otros de una forma completamente nueva.

El progreso humano, desde entonces, ha dependido en gran medida de esa extraordinaria capacidad para cooperar más allá del círculo inmediato de confianza. En cierto sentido, domesticar el trigo fue domesticar el futuro.

La mujer domesticó el trigo. Y el trigo domesticó a la tribu.

Porque la verdadera fuerza transformadora de la agricultura fue la creación de redes de interdependencia. Es decir, civilizaciones. Y en esas civilizaciones, a medida que las comunidades crecían, el conocimiento también empezaba a circular. Las ideas podían viajar, combinarse y mejorar. La cooperación multiplicaba las capacidades humanas. Cuando muchas mentes comienzan a compartir conocimiento, el grupo se vuelve más inteligente que cualquiera de sus miembros por separado. Surge una nueva forma de inteligencia que no pertenece a un individuo, sino a la red de relaciones entre muchos. Cuando las primeras comunidades agrícolas comenzaron a intercambiar semillas, herramientas, conocimientos y trabajo, la humanidad empezó a construir algo parecido a una primera supermente social ( de eso hablábamos en un post reciente para referirnos a la inteligencia colectiva de la que surgen las civilizaciones).

Hace diez mil años, en algún lugar del Neolítico, una mujer decidió domesticar el trigo. Y sin saberlo, también estaba plantando una de las primeras semillas de innovación de la historia humana. Esa es  la esencia del emprendimiento: la búsqueda del bien colectivo.

En el libro El viaje del emprendedor recorro el proceso emprendedor: cómo una idea puede transformarse poco a poco en un proyecto capaz de generar valor. A lo largo de ese recorrido aparecen historias inspiradoras de personas que, en contextos muy distintos, se atrevieron a mirar el mundo de otra manera. Entre ellas aparecen mujeres extraordinarias como Bertha Benz, Frida Kahlo, Coco Chanel o Marie Curie.

Bertha Benz protagonizó uno de los gestos más decisivos en el nacimiento del automóvil. En 1888 tomó sin avisar el prototipo que su marido Karl Benz había construido en el taller y realizó el primer viaje de larga distancia con un vehículo de motor de combustión interna. Aquella aventura demostró que el automóvil podía funcionar en el mundo real. Fue, en términos modernos, la primera gran validación del producto: el primer MVP que convirtió una invención en una innovación.

Frida Kahlo transformó el dolor en una forma radical de expresión artística. A lo largo de su vida, convirtió la adversidad en creatividad y siempre defendió la autenticidad personal frente a cualquier convención. En una de sus frases más conocidas, resumió esa actitud de manera poderosa: “Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas para volar?”

Coco Chanel transformó radicalmente los códigos de la moda. En una época dominada por la alta costura rígida y ornamentada, introdujo una elegancia nueva basada en la simplicidad, la libertad de movimiento y la funcionalidad. Rompió los moldes establecidos y redefinió la estética femenina moderna.

Marie Curie abrió caminos completamente nuevos en la ciencia. Sus investigaciones sobre la radiactividad transformaron la física y la química modernas, y su legado fue tan profundo como reconocido en un elemento de la tabla periódica, el curio, que lleva su nombre.

Historias distintas. Épocas distintas. Contextos distintos.

Pero todas ellas comparten algo esencial con aquella mujer anónima que, hace miles de años, pudo observar cómo germinaba una semilla: la capacidad de mirar la realidad con ganas de transformarla. La valentía de probar algo nuevo. Y la determinación de cambiar el mundo, aunque sea empezando por un gesto pequeño.

Quizá por eso la historia del trigo domesticado sigue siendo tan poderosa.

Porque nos recuerda que las grandes transformaciones de la humanidad no siempre empiezan con grandes discursos, gestas de poder o demostraciones de fuerza. Casi siempre nacen de algo mucho más sencillo:

Una observación. Una pregunta. Una semilla. Y alguien que decide plantarla.

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