Un siglo después de que Einstein no supiera responder a una pregunta de Edison, la inteligencia artificial nos obliga a repensar qué significa aprender. Y, sobre todo, qué significa pensar libremente.
En mayo de 1921, durante una visita a Boston, Albert Einstein fue interrogado sobre una de las preguntas del famoso test que Thomas Edison utilizaba para seleccionar personal para sus laboratorios. La pregunta parecía sencilla: ¿cuál es la velocidad del sonido?
Einstein no supo dar la cifra de memoria. Y no pareció demasiado preocupado. Aquella información, explicó, podía encontrarse fácilmente en los libros. ¿Por qué tenía que retener en la cabeza un dato que podía consultar cuando lo necesitara?
La noticia llegó a The New York Times con un titular revelador: Einstein Sees Boston; Fails on Edison Test. Einstein había suspendido, al menos a ojos del periodista, el test de Edison.
La anécdota encierra una reflexión sobre la educación que ha atravesado generaciones: el valor de una buena educación no consiste en aprender muchos datos, sino en formar la mente para pensar.
Más de un siglo después, aquella idea tiene una vigencia extraordinaria. Lo que entonces era una discusión sobre memoria e inteligencia encontró continuidad en las corrientes pedagógicas del siglo XX, especialmente en el constructivismo de Jean Piaget, que entiende el aprendizaje como un proceso activo de construcción del conocimiento. Piaget defendía que la educación debía formar personas capaces de crear cosas nuevas, en lugar de limitarse a repetir lo que habían hecho las generaciones anteriores, y sobre todo «mentes críticas, capaces de verificar y de no aceptar todo lo que se les ofrece». Unos principios que hoy merecen ser reinterpretados en el nuevo entorno educativo que dibuja la inteligencia artificial.
Aprender a pensar con la IA
La irrupción de la IA da hoy una nueva dimensión a aquellas ideas. Si en tiempos de Einstein la información podía consultarse en los libros y, más adelante, en los buscadores de internet, ahora disponemos de sistemas capaces de elaborar respuestas, sintetizar conocimientos y dialogar con nosotros. La IA se convierte así en un intermediario fascinante y, al mismo tiempo, controvertido en el proceso de aprendizaje, capaz de ampliar nuestras posibilidades de razonamiento, pero también de favorecer una dependencia intelectual que nos acostumbre a aceptar sus respuestas sin cuestionarlas. Ya no delegamos solamente la búsqueda de información, sino que también podemos delegar parte de la elaboración de las respuestas. Y es precisamente ahí donde aparece el nuevo reto educativo.
Es en este contexto donde la función emancipadora de la educación adquiere una relevancia especial. Durante décadas, la pedagogía ha reivindicado la necesidad de aprender a aprender, de desarrollar la autonomía necesaria para seguir construyendo conocimiento a lo largo de la vida. Ahora se añade un nuevo reto a esa aspiración: aprender a aprender también con sistemas de inteligencia artificial, en un proceso de interacción persona–IA–persona (Human–AI–Human, H-AI-H), en el que el estudiante plantea los problemas, la máquina contribuye a explorarlos y la persona conserva la responsabilidad de interpretar, contrastar y decidir.
Por eso, saber formular buenas preguntas se convierte en una habilidad más relevante que nunca. No se trata simplemente de aprender a dar instrucciones eficaces a una máquina, sino de saber qué queremos comprender, identificar las premisas de nuestras preguntas, interpretar críticamente las respuestas y reconocer cuándo es necesario seguir investigando. Y es aquí donde la reflexión de Einstein cobra una fuerza renovada: el reto educativo no consiste solo en disponer de información, sino en desarrollar las capacidades necesarias para transformarla en conocimiento y construir un criterio propio.
Los datos de PISA 2025 son bastante elocuentes. En la media de los países de la OCDE, solo el 14% de los alumnos de 15 años declara que nunca o casi nunca utiliza chatbots de inteligencia artificial para ninguna de las actividades escolares analizadas. La IA ya forma parte de la experiencia educativa de los adolescentes. Un estudio de la Escola Pia de Catalunya y la UOC, con 3.700 alumnos de ESO y Bachillerato de 17 centros concertados catalanes, revela otro dato: solo el 10% afirma que contrasta siempre las respuestas obtenidas de la IA. La muestra no representa automáticamente a todo el alumnado catalán, pero apunta a una cuestión esencial: muchos jóvenes han aprendido a obtener respuestas antes que a verificarlas. El mismo estudio constata, además, que el autoaprendizaje es la principal vía por la que los alumnos se familiarizan con estas herramientas, lo que pone de manifiesto la necesidad de una respuesta pedagógica más estructurada.
Y aquí reaparece el viejo dilema de Einstein.
Imaginemos a un alumno de 15 años preparando un trabajo de ciencias. Pregunta a una aplicación de IA: «¿Cuál es la velocidad del sonido?». Obtiene una cifra, la copia y entrega el trabajo. Ha conseguido la información, pero no sabemos si ha aprendido algo. Imaginemos ahora que pregunta: «¿En qué condiciones es correcta esa cifra? ¿Qué haría que cambiara? ¿Cómo puedo comprobar la respuesta? ¿Y qué preguntas me harías para saber si realmente lo he entendido?».
La diferencia no consiste simplemente en que el segundo alumno haya aprendido a redactar un prompt más elaborado. Es que ha adoptado una actitud distinta ante el conocimiento: en lugar de dar por buena la primera respuesta, intenta comprenderla, contrastarla y poner a prueba su propio aprendizaje. Lo importante ya no es solo el resultado que obtiene, sino el proceso intelectual que ha seguido para llegar a él.
Esta distinción tiene una consecuencia pedagógica decisiva: la IA puede resolver problemas, redactar trabajos y elaborar explicaciones de una calidad aparentemente excelente sin que ello implique necesariamente que el estudiante haya aprendido. El informe OECD Digital Education Outlook 2026 advierte precisamente de la diferencia entre mejorar el resultado de una tarea y conseguir un aprendizaje real. La cuestión, por tanto, no es si el estudiante ha utilizado la IA, sino qué ha aprendido gracias a esa interacción y qué capacidades es capaz de demostrar por sí mismo.
Esta distinción tiene consecuencias profundas para el trabajo de los docentes y para la manera de evaluar. Si queremos desarrollar el pensamiento crítico, no podemos limitarnos a valorar la calidad del trabajo final. Tenemos que aprender a observar cómo el estudiante define el problema, formula hipótesis, revisa sus ideas, contrasta la información y justifica sus conclusiones. La IA puede intervenir en todo este proceso, pero debería actuar como un estímulo para el razonamiento y no como un sustituto del esfuerzo intelectual.
Y estas capacidades no son relevantes únicamente en la escuela. También condicionan cómo nos informamos y nos formamos una opinión sobre los problemas colectivos. Imaginemos que un joven lee un titular sobre los resultados de Cataluña en PISA y pregunta a la IA: «¿Por qué fracasa el sistema educativo catalán?». La pregunta ya contiene una interpretación de los hechos que puede condicionar la respuesta. En cambio, si pregunta qué mide exactamente PISA, cómo han evolucionado los resultados, qué factores sociales y demográficos intervienen en las comparaciones y qué explicaciones alternativas existen, habrá abierto un proceso de comprensión mucho más rico. Es una cuestión que ya planteaba en una reflexión anterior sobre PISA, Cataluña y Estonia.
El riesgo no reside exclusivamente en los errores o las alucinaciones de la IA, sino también en nuestros propios sesgos y en la facilidad con la que podemos encontrar respuestas que confirmen lo que ya pensábamos. En una sociedad donde los sistemas algorítmicos intervienen cada vez más en el acceso a la información y en su interpretación, esta dependencia puede tener consecuencias que van mucho más allá del aula. Una ciudadanía incapaz de cuestionar las premisas de la información que recibe es una ciudadanía más vulnerable a la manipulación.
La educación, por tanto, no tiene solamente la responsabilidad de preparar personas competentes para la vida profesional, sino también ciudadanos capaces de interpretar la realidad con autonomía. La calidad de la democracia depende, en buena medida, de esa capacidad colectiva de pensar críticamente.
Educar para un mundo que ya ha cambiado
En Cataluña, el debate sobre las tecnologías educativas ha oscilado entre el entusiasmo por la digitalización y la preocupación por los efectos de las pantallas. Hemos pasado de impulsar programas de dotación de ordenadores portátiles y aplicaciones para trabajar de forma interactiva en el aula a prohibir el uso de teléfonos móviles durante la enseñanza obligatoria. Conviene distinguir los usos de los dispositivos: limitar los móviles puede ser perfectamente razonable para reducir distracciones y proteger la atención de los alumnos, mientras que los ordenadores siguen siendo instrumentos de trabajo educativo. Pero ni repartir dispositivos garantiza el aprendizaje ni restringir su uso garantiza el pensamiento crítico.
Durante los últimos años, una parte importante de la innovación educativa digital se ha orientado a hacer las clases más interactivas, atractivas y participativas mediante aplicaciones, recursos multimedia y dinámicas inspiradas en los videojuegos. Estas herramientas han aportado valor y seguirán teniendo su lugar. Pero la IA abre una oportunidad de naturaleza diferente: ya no se trata solo de mejorar la presentación de los contenidos o de aumentar la participación, sino de intervenir en la propia manera en que los estudiantes construyen conocimiento.
En los próximos años, uno de los grandes retos será desarrollar herramientas de inteligencia artificial concebidas específicamente para los procesos de aprendizaje, desde la escuela hasta la universidad y la formación a lo largo de la vida. Imaginemos sistemas capaces de acompañar al estudiante en la formulación de un problema, de hacerle preguntas en lugar de proporcionarle inmediatamente las respuestas, de ayudarle a descubrir contradicciones en su razonamiento o de proponerle nuevos caminos cuando se encuentra bloqueado. Herramientas que se adapten a su nivel de comprensión y, al mismo tiempo, permitan al docente seguir el proceso, identificar dificultades e intervenir cuando sea necesario.
No se trataría de sustituir al profesor ni de convertir la educación en una conversación permanente con una máquina, sino de poner el potencial de la IA al servicio de una enseñanza más rica. Esto requiere combinar conocimiento pedagógico, diseño didáctico e investigación sobre las posibilidades de la IA aplicadas al aprendizaje, sin olvidar la evaluación rigurosa de los resultados ni las garantías de privacidad y equidad. También representa una oportunidad considerable para la innovación y el emprendimiento: universidades, centros educativos, investigadores y empresas emergentes pueden contribuir a crear una nueva generación de herramientas educativas que no se limiten a automatizar tareas, sino que ayuden realmente a aprender.
No es casualidad que la OCDE ya prepare para PISA 2029 una evaluación sobre alfabetización mediática y en inteligencia artificial. Quiere conocer hasta qué punto los jóvenes saben valorar la credibilidad de la información, comprender los entornos digitales y desenvolverse en ellos de manera crítica y responsable. Es un reconocimiento de que la educación debe asumir nuevas competencias sin renunciar a las que siempre le han dado sentido.
Habrá momentos para aprender sin IA, porque el esfuerzo intelectual propio y los conocimientos fundamentales son insustituibles, y otros en los que utilizarla, ponerla a prueba y detectar sus errores será precisamente el objetivo educativo. La cuestión no es elegir entre tecnología y educación, sino decidir qué educación necesitamos en una sociedad que ya es tecnológica.
Quizá la respuesta de Einstein aquel día de 1921 encerraba una lección que hoy va más allá del paso de memorizar datos a aprender a pensar. Cuando la inteligencia artificial no solo pone la información a nuestro alcance, sino que también interviene en la manera en que elaboramos explicaciones y construimos conocimiento, el reto educativo se vuelve más exigente: aprender a pensar con estas máquinas sin delegar en ellas nuestro propio juicio. El futuro de la educación dependerá tanto de nuestra capacidad para aprovechar el potencial de la IA como de saber formar una generación que aprenda a utilizarla sin renunciar a pensar por sí misma.
En definitiva, enseñar a formular buenas preguntas no es solo una cuestión pedagógica. También es una manera de defender la libertad. Y, con ella, la democracia.


